Con buenas miras

El encanto de lo auténtico

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Los pequeños detalles

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Durante mucho tiempo hemos estado acostumbrados a vivir de la forma más práctica posible, evitando todo tipo de complicaciones, o lo que creíamos que eran complicaciones. Nos han vendido la moto de la comida fácil, rápida y congelada, de las casas minimalistas y prácticas, de los gimnasios multitudinarios,…

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Ya está muy oída la anécdota de preguntar a un niño de dónde viene la leche y que responda: “del tetra-brick”, pero ésto es un claro reflejo de lo lejos que estamos de la realidad, aunque nos creamos muy apegados a ella por el hecho de estar al tanto de varios periódicos on-line, ver las noticias de la tele y levantarnos conectados a la radio.

Y hay más todavía. Como hemos estado viviendo en la época de la rapidez y las prisas y de no tener tiempo para nada, apenas nos hemos preocupado por hacer las cosas bien. Yo creo que hemos perdido parte de los buenos modales por el camino. Lo de cuidar nuestro entorno ni nos lo planteamos (y no me refiero a salvar las ballenas, sino algo más simple y más a mano, como no tirar papeles y otras lindezas al suelo o, lo que es peor, al campo) y hemos dejado de cuidar la calidad nuestro trabajo. No nos importa el hacerlo bien y que nos valoren por ello, sino que se ha impuesto la filosofía del trepa o la de ganar dinero a costa de chanchullos.

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Pero no todo está perdido. ¿Por qué no convertirnos todos en idealistas y raros y recuperar el gusto por las cosas bien hechas y, por qué no, por las cosas bonitas?. Con esto no quiero decir que vivamos en un mundo de fantasía e irrealidad (imposible con la que está cayendo), pero en vez de pasar por la vida, podemos plantearnos vivirla. Un ejemplo: si cuando vamos al bar de turno, en vez de tirar la servilleta de papel al suelo, aunque sea lo más habitual y lo que hace todo el mundo, la dejamos en un plato o en un cenicero, estaremos demostrando un interés por mejorar lo que nos rodea y, si poco a poco va calando la idea, viviremos en un mundo mejor. Sé que suena a utópico, pero si cada uno lo aplicamos a nuestro día a día, dejará de ser una utopía. Otro ejemplo: estamos rodeados de plástico y de mil cosas que nunca utilizamos y ¿no es mejor pensar antes de comprar? Sea para nosotros o para regalar y darnos cuenta de si el objeto en cuestión sirve o es un estorbo, o si tiene su equivalente en un material más noble, ecológico y que, además, sea más bonito. (Nota: yo es que le tengo la guerra declarada al plástico). Vivan los regalos perecederos que crean recuerdos imborrables.

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Desde aquí hago un llamamiento a fijarnos más en los detalles, porque los detalles serán los que nos harán diferentes. Mucha gente hace propósitos en enero, o en septiembre a la vuelta de las vacaciones, pero podemos hacernos un propósito de otoño. Aportemos nuestro granito de arena cuidando todo nuestro pequeño mundo: se puede cuidar la comida a la hora de cocinar, la casa, los modales, los negocios, el trabajo,… y no es un gran propósito, porque de lo que se trata es de cuidar los detalles, los pequeños detalles.

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